martes, 3 de marzo de 2015

Tarjeta perforada

Tarjeta perforada

De la tarjeta perforada al DVD Las tarjetas perforadas se utilizaron como un medio para que un usuario pudiera indicar a una máquina de cálculo las operaciones que esta debía efectuar. En el caso de los computadores, una secuencia de estas operaciones define un algoritmo, mientras que un programa es su especificación en un formato particular. Las tarjetas perforadas fueron empleadas con este fin en los computadores fabricados en los años 60, y hasta finales de los 70. Históricamente, este tipo de tarjetas tienen sus antecedentes en las empleadas en el pasado en los telares de Bouchon-Falcon (siglo XVIII) y Jacquard (siglo XIX), o las cintas perforadas y los discos empleados en las cajas de música del siglo XVIII. Una versión actualizada de estos último, con las evidentes diferencias de tecnología, densidad de almacenamiento, velocidad de acceso y robustez, son los discos CD-ROM y DVD, que almacenan datos binarios como "microperforaciones" de su superficie para ser leídos mediante un fino haz de laser. Fue Charles Babbage quién planteó la idea de utilizarlas para controlar su Máquina Analítica (1835). Posteriormente fueron empleadas por Herman Hollerith para el censo de los Estados Unidos (1890) llegando a fundar posteriormente la Computing Tabulating Recording Corporation, más tarde conocida como IBM. La empresa comercializó en sus orígenes una serie de máquinas para manejar tarjetas perforadas, utilizadas en el procesado de datos financieros y legales. Posteriormente las tarjetas y las cintas perforadas se emplearon para introducir datos e instrucciones en computadores como el UNIVAC (una versión mejorada el EDVAC), hasta que en los 60 fueron remplazadas por las cintas magnéticas por su capacidad para ser rescritas, su alta densidad y el bajo coste por bit registrado. Desde entonces han perdurado pasando por diversos formatos como sistema de almacenamiento de grandes volúmenes de datos.

 Cintas magnéticas y discos duros Los discos duros aparecieron como una alternativa a los sistemas de cinta magnética. Aunque inicialmente eran mucho más caros, comenzaron a ser cada vez más interesantes que las cintas, dado que en estas invertían mucho más tiempo en acceder a la información debido a su sistema de acceso secuencial. El 1956 se comercializó el primer disco duro, el IBM RAMAC 305. Almacenaba 5 MB en sus 50 platos de 24 pulgadas, ocupaba un espacio de unos pocos metros cuadrados y tenía un tiempo de acceso de entre 30 y varios cientos de milisegundos. A este le han seguido numerosos modelos, como el IBM 1301 (1962), con 24 MB y una velocidad de acceso 10 veces superior al RAMA, y el Winchester 3340 (1973), que impuso un estándar de almacenamiento por sus reducidas dimensiones. Ya en 1980, Seagate lanzó al mercado el ST506, el primer disco duro de 5,25 pulgadas y 5MB de capacidad diseñado para el PC-XT, lo que aseguró a la empresa su penetración en el mercado y posterior crecimiento. Los primeros discos duros de 3,5 pulgadas no se presentaron hasta 1987. Su capacidad fue paulatinamente creciendo en capacidad y reduciéndose en tamaño, pasando de los centenares de megabytes a los gigabytes y los actuales de 2,5 pulgadas que alcanzaron el terabyte en el año 2007.

Memorias de núcleos magnéticos - web

La memoria de núcleos magnéticos apareció en 1951, sustituyendo rápidamente a otros sistemas de almacenamiento de información mucho más voluminosos como las memorias de líneas de retardo empleadas en el UNIVAC I. Desde entonces, las memorias de núcleos fueron fabricándose cada vez más compactas, hasta que finalmente fueron desplazadas en los años 70 con el uso del transistor y la aparición de los circuitos integrados de memoria. El sistema de almacenamiento de las memorias de ferrita era muy simple y fiable para la época: la memoria consistía en una matriz de pequeños núcleos de ferrita con forma de anillo, capaces de almenar un bit cada uno en forma de energía magnética. Los núcleos estaban entretejidos en una malla de cables que servían para seleccionar un núcleo situado en una fila y columna particular, y para leer o escribir la información. Como el proceso de lectura destruía la información, esta debía rescribirse inmediatamente empleando un procedimiento similar al de lectura. El ciclo completo tenía una duración dependiente del tamaño del núcleo (unos pocos microsegundos). Otro tipo de memorias de construcción similar, que mantenía la información sin necesidad de un aporte de energía eléctrica, se denominaron memorias permanentes o no volátiles. La información almacenada dependía del patrón particular (no periódico) de la malla que entretejía a los núcleos, de modo que el conjunto operaba como una red de pequeños transformadores. Estos dispositivos también fueron sustituidas por las memorias de circuito integrado de tipo ROM (memorias de solo lectura). Una evolución de este tipo de memorias son las EPROM, que también pueden ser rescritas y que son fácilmente identificables por la ventana que presenta su encapsulado para poder ser borradas mediante exposición a rayos ultravioleta. Actualmente podemos encontrar uno de los núcleos de una memoria de ferrita en el escudo de los estudios universitarios de Informática.

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